El inicio del año y la fantasía de comenzar de nuevo

Cada inicio de año suele venir acompañado de una sensación compartida: la idea de que algo puede empezar desde cero. Propósitos, listas, promesas personales y deseos de cambio se acumulan alrededor del calendario como si el simple paso de una fecha tuviera el poder de transformar al sujeto. Esta escena anual resulta especialmente reveladora, no por lo que promete, sino por lo que pone en juego en el plano del deseo y la repetición.

El cambio de año activa una fantasía potente: la de una ruptura con el pasado. Se imagina que lo que no se logró, lo que dolió o lo que fracasó puede quedar atrás con un gesto simbólico. Sin embargo, el inconsciente no opera según el tiempo cronológico. Para la vida psíquica, no hay un “borrón y cuenta nueva”, sino una continuidad marcada por conflictos no resueltos, identificaciones persistentes y modos repetidos de vincularse consigo mismo y con los otros.

Freud ya señalaba que el sujeto no es dueño absoluto de sus actos ni de sus decisiones. Por eso, muchos propósitos de año nuevo fracasan no por falta de voluntad, sino porque entran en conflicto con deseos inconscientes que empujan en otra dirección. La repetición no es simple terquedad; es una forma de insistencia del psiquismo, un intento —a veces fallido— de elaborar aquello que no ha encontrado aún una salida simbólica.

El comienzo del año también puede pensarse como un ritual colectivo. Al igual que otros rituales, ofrece una ilusión de orden, de control y de sentido. No es casual que en estos momentos se intensifique la autoexigencia: “este año sí”, “ahora será diferente”. El riesgo aparece cuando esta exigencia se vuelve un ideal tiránico, que desconoce los límites reales del sujeto y transforma el deseo en mandato.

Desde esta perspectiva, el verdadero movimiento no consiste tanto en proponerse ser otro, sino en interrogar lo que se repite. ¿Qué insiste? ¿Qué retorna bajo distintas formas? ¿Qué se espera que cambie sin que nada cambie en la posición subjetiva? Tal vez el inicio del año no sea una oportunidad para prometer más, sino para escuchar mejor aquello que, año tras año, vuelve a decirse de otro modo.

Pensar el año que comienza desde el psicoanálisis implica entonces una pregunta menos tranquilizadora, pero más fecunda: si cada enero reactiva la ilusión de empezar de nuevo, ¿qué nos dice esa necesidad recurrente de comienzo sobre lo que aún no ha podido ser elaborado en nuestra propia historia?



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