¿Sólo escucharme?

Hace poco leí una publicación en redes sociales que decía: “Busco psicólogo que me deje tareas y actividades, no sólo que me escuche”. Más allá de una simple preferencia personal, esta frase me dejó pensando en cómo se percibe —y muchas veces se subestima— el acto de escuchar en el contexto terapéutico. Ese “sólo” encierra una serie de ideas muy reveladoras sobre lo que esperamos de la terapia y, quizá también, sobre lo que tememos encontrar en ella.

La escucha no es una acción pasiva ni secundaria. Muy por el contrario, es el eje mismo del proceso terapéutico. Escuchar no es simplemente oír lo que el otro dice. Escuchar es acoger lo que el sujeto trae, incluso lo que no sabe que está diciendo. Es atender a los silencios, a los desvíos del discurso, a las repeticiones, a los lapsus. Es sostener un espacio donde la palabra tenga un lugar sin ser inmediatamente interrumpida, juzgada o corregida.

En una época en la que todo debe ser medible, rápido y productivo, es comprensible que algunas personas sientan que “sólo hablar” no es suficiente. Pedir tareas o actividades puede parecer más concreto, más “útil”. Pero esta necesidad de "hacer" también puede ser una defensa frente a algo mucho más incómodo: el encuentro con uno mismo. Porque hablar —y ser escuchado verdaderamente— nos confronta con lo que somos, con lo que deseamos, con lo que nos duele. Y eso no siempre es fácil de tolerar.

El psicoanálisis no impone ejercicios para mejorar la autoestima ni entrega recetas para alcanzar la felicidad. Su propuesta es más radical y, en cierto modo, más subversiva: nos invita a escuchar lo que decimos, incluso sin darnos cuenta, y a descubrir qué lugar ocupamos en nuestra propia historia. El analista, a través de su escucha, permite que esa verdad subjetiva emerja, sin dirigirla, sin completarla, sin apresurarla.

Claro está, no toda psicoterapia tiene el mismo enfoque, y no toda persona busca lo mismo. Pero vale la pena preguntarnos por qué a veces despreciamos lo más esencial: el acto de ser escuchados. Quizá porque vivimos en un mundo en el que el silencio incomoda, la pausa desespera y el tiempo subjetivo parece un lujo. Pero en el espacio terapéutico, escuchar no es “sólo” escuchar. Es, en muchos casos, la condición para que algo verdaderamente nuevo pueda surgir.

Ustedes, ¿qué piensan?, me gustaría leer sus reflexiones al respecto.



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