¿Por qué me cuesta tanto decir “no”?
Poner límites no siempre es fácil. Decir “no” puede parecer un acto simple, pero para muchas personas, es una experiencia cargada de angustia, culpa o miedo. ¿Por qué? ¿Por qué cuesta tanto negarse, incluso cuando algo va en contra de nuestros propios deseos?
Negarse puede despertar culpa, porque nos conecta con la fantasía de fallar, decepcionar o dejar de ser importantes para los demás. Decimos “sí” para evitar un conflicto, pero el costo es la propia incomodidad, el enojo reprimido, o la sensación de no tener lugar para uno mismo.
A veces, el deseo de agradar se mezcla con una necesidad inconsciente de reconocimiento: si hago todo por los demás, quizás así me vean, me valoren, me amen. Pero esta lógica nos deja atrapados en relaciones desiguales y nos aleja de lo que realmente queremos.
Aprender a decir “no” es un trabajo que implica reconocer que no siempre podemos satisfacer al otro sin traicionarnos a nosotros mismos. Y que está bien no estar disponibles todo el tiempo. Que poner límites no es egoísmo, sino una forma de respeto: hacia el otro, y hacia uno mismo.
El espacio terapéutico puede ayudar a pensar estas dificultades, a entender de dónde vienen y cómo se repiten en nuestras relaciones. Porque cuando logramos decir “no” sin culpa, estamos diciendo “sí” a nuestro deseo, a nuestra autonomía y a nuestro cuidado.
¿Ustedes qué piensan?, comenten sus reflexiones.
Comentarios
Publicar un comentario