El síntoma como un mensaje cifrado del inconsciente
Hay algo que insiste. Que vuelve, aunque uno lo intente callar. Un malestar que no se va con voluntad, ni con lógica, ni con consejos. El síntoma aparece así: como una señal que molesta, que se repite, que a veces incluso duele, pero que —para el psicoanálisis— tiene sentido.
Lo primero que uno suele querer es deshacerse del síntoma. El insomnio, el ataque de pánico, la dificultad para estar en pareja, el miedo sin causa aparente. Todo eso que interrumpe la vida y que se vive como un error, como algo que está “fallando” en uno. El psicoanálisis nos invita a mirar de otra forma: no como falla, sino como formación del inconsciente. No como enemigo, sino como mensaje.
El síntoma tiene una función. No está ahí por casualidad. Puede estar ocultando algo, o sosteniendo algo. A veces, incluso protege. Sí, aunque parezca extraño: un síntoma puede ser una forma de defensa frente a un conflicto más profundo, algo que aún no puede ser dicho con palabras. Se sufre, sí, pero también se organiza algo del sujeto en torno a eso.Por eso en análisis no se trata simplemente de “eliminar” el síntoma. Se trata de escucharlo, de descifrar qué quiere decir. Qué historia cuenta, qué deseo intenta hacer pasar a través del cuerpo, de la conducta, del pensamiento. En muchos casos, cuando se lo fuerza a desaparecer sin más, reaparece en otro lado, con otra cara. Cambia de forma, pero no se va.
Trabajar con el síntoma es, de algún modo, trabajar con la verdad del sujeto. No una verdad total, ni definitiva, sino esa verdad a medias que el inconsciente empuja a decir —aunque sea de forma torcida. El síntoma es esa palabra que aún no se ha dicho, pero que insiste en ser escuchada.
Y quizás, cuando se le da lugar, cuando se lo atraviesa en análisis, deja de ser solo una molestia… y se convierte en una puerta. Una que abre hacia algo nuevo.
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