Memoria sísmica y memoria psíquica

Cada 19 de septiembre en México resuena algo más que una fecha en el calendario: se reactivan memorias colectivas. El sismo de 1985 y el de 2017, son marcas históricas que se superponen en la experiencia nacional. Estos acontecimientos no sólo son eventos físicos, sino también símbolos de rupturas, pérdidas y resiliencias compartidas.

En psicoanálisis sabemos que los traumas no desaparecen; quedan inscritos en la memoria, en ocasiones de forma inconsciente, y pueden reactivarse ante situaciones similares. Algo parecido ocurre con la memoria colectiva: cada conmemoración del 19 de septiembre es un recordatorio de heridas pasadas que aún duelen, pero también una oportunidad de elaboración. La práctica de simulacros, ceremonias y homenajes no es trivial: funcionan como rituales que ayudan a simbolizar, a contener la ansiedad y a construir un sentido de continuidad frente a la amenaza del caos.

Freud describió cómo los sueños y síntomas son intentos de la mente de procesar lo que no pudo integrarse en la conciencia. De modo análogo, la sociedad mexicana despliega narrativas, imágenes y actos conmemorativos para dar forma a experiencias que desbordan la palabra: rescates, solidaridad espontánea, pérdidas irreparables. Estas prácticas permiten transformar el dolor en memoria y la memoria en acción preventiva.

Así, el 19 de septiembre no se limita a ser un día de duelo; es también un momento de reencuentro con la capacidad colectiva de cuidado y organización. Cada año repetimos esta fecha no únicamente para recordar, sino también para elaborar: resignificar la catástrofe, reconocer las cicatrices y fortalecer los lazos comunitarios. En ese gesto hay una promesa implícita: la de no permanecer fijados al trauma, sino avanzar en la construcción de un presente más seguro y de un futuro más consciente de nuestra vulnerabilidad y de nuestra fuerza común.



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