¿Cuándo la exigencia se vuelve trampa?


Vivimos en una época que premia la productividad, el logro, el “dar más”. Pero a veces, esa exigencia constante se vuelve una trampa. Una voz interna que no deja descansar, que transforma cualquier error en fracaso, y cualquier descanso en culpa. Y ahí aparece la ansiedad.

Una forma de entender este malestar es pensar en el superyó: una parte psíquica que se forma a partir de las normas, prohibiciones y mandatos que interiorizamos. El superyó no sólo nos orienta; muchas veces, nos castiga. Nos habla con frases duras como “no hiciste lo suficiente”, “deberías poder”, “no seas débil”.

La ansiedad, en este caso, no siempre viene de afuera. A veces nace dentro, de esos mandatos internos que se han vuelto tiranos. Incluso cuando todo parece estar bien, la mente no para, el cuerpo se tensa, y la culpa acecha al menor descuido.

Rendir, trabajar, lograr… no son cosas malas en sí mismas. Pero cuando se hacen desde la autoexigencia extrema, dejan de ser elección y se convierten en obligación. Y cuando el deseo se convierte en mandato, la angustia aparece.

El psicoanálisis no busca eliminar la exigencia, sino entender de dónde viene, a quién responde, y cómo se transmite. Porque no todo lo que pensamos como “nuestro” lo es realmente. A veces cargamos mandatos que no elegimos, que vienen de voces antiguas que todavía nos juzgan desde adentro.

En análisis, es posible aflojar esos nudos. Escuchar la ansiedad no como enemigo, sino como un síntoma que dice algo sobre cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los ideales que nos habitan.

Tal vez no se trata de hacer más. Tal vez se trata de ser más libres.

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