Resistir desde la cama
Vivimos en una época en la que la productividad se ha convertido en una especie de religión moderna. Todo, absolutamente todo, debe tener una función, un rendimiento, una utilidad concreta. El tiempo libre ya no es sinónimo de descanso o contemplación, sino una oportunidad para “aprovecharlo mejor” o “hacer más”.
Hoy, mientras miraba Facebook me encontré una publicidad sobre una “mesa ajustable para cama”, empecé a pensar en que podría colocar mi desayuno, mis libros y mi lap mientras aun estaba acostado, que podría estar trabajando desde mi cama, pero fue justo en ese instante en el que me dije: “¿Vas a trabajar desde tu cama?”.
La cama, históricamente, ha sido el sitio del descanso, del sueño reparador, del amor, de la intimidad. También puede ser un espacio para la tristeza, el llanto, o simplemente para no hacer nada, simplemente estar. Sin embargo, nunca fue pensada como una estación de productividad. Convertirla en un puesto de trabajo habla de algo más profundo: la colonización total del tiempo por parte del rendimiento. La exigencia de estar siempre activos se cuela no sólo en nuestros horarios, sino también en nuestros espacios físicos más íntimos.
La “mesa ajustable para cama” no es únicamente un mueble funcional; es también un signo cultural. Nos dice que incluso cuando estamos en el lugar destinado al descanso, podemos —y quizá deberíamos— estar produciendo. Pero esto no es lo deseable. Hay una violencia sutil en esta exigencia constante. Nos despoja del derecho a desconectarnos. En lugar de abrazar la pausa, la reflexión, el ocio sin propósito, nos sentimos empujados a justificar cada minuto.
Este impulso de productividad perpetua, lejos de empoderarnos, muchas veces nos aliena. Nos transforma en sujetos que confunden valor con eficiencia. ¿Y qué se pierde en el camino? El descanso genuino, la calidad de los afectos, el silencio que permite escuchar lo que sentimos. Tal vez resistir empieza por cosas pequeñas, como rechazar una “mesa ajustable para cama”. Tal vez defender nuestros espacios como lugares libres de productividad sea una forma de cuidar la vida.
Porque la cama no es una oficina. Es, o debería ser, uno de los pocos refugios que aún nos quedan.
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