Cuando los barrios se transforman (y nos transforman)
En los últimos años, muchas colonias de la Ciudad de México han cambiado de rostro. Calles que antes eran tranquilas o incluso marginadas ahora están llenas de cafeterías de especialidad, bicis eléctricas, murales coloridos y departamentos con rentas impagables. A esto le llamamos gentrificación, un proceso urbano que a simple vista parece sólo económico o inmobiliario, pero que en realidad toca fibras mucho más profundas de nuestra vida psíquica y social.
Podríamos pensar la gentrificación como un tipo de "desplazamiento" —sí, como ese mecanismo inconsciente del que hablaba Freud—, donde lo que se considera “feo”, “incómodo” o “incivilizado” se expulsa para que algo más “deseable” ocupe su lugar. Pero ¿qué deseos están en juego cuando celebramos que "la colonia ya se puso bonita"? ¿Qué rechazos se activan cuando decimos que ahora “se ve más nice” o que “por fin da gusto caminar por aquí”?
La gentrificación no sólo mueve personas de sus casas: también reacomoda imaginarios, deseos, culpas y nostalgias. Por ejemplo, muchas personas jóvenes que se mudan a barrios populares buscando renta más barata o “vida de barrio” se enfrentan, tarde o temprano, a una contradicción: quieren pertenecer sin sentirse invasores. Quieren autenticidad sin renunciar a ciertas comodidades. ¿Es posible habitar un lugar sin modificarlo? ¿Qué lugar ocupa el “otro” (el que estaba antes) en ese nuevo paisaje?
La culpa y la negación son afectos muy presentes en este proceso. Quienes llegan con buenas intenciones muchas veces niegan su impacto, o lo minimizan, diciendo “yo no soy como los demás gentrificadores” o “yo consumo local”. Pero el inconsciente no entiende de buenas intenciones. Entiende de fantasías, de deseos reprimidos y de conflictos no resueltos. Y lo que emerge muchas veces es una incomodidad difusa, una sensación de no estar en el lugar correcto o de que algo no cuadra. Esa incomodidad merece ser escuchada, no negada.
También están quienes han vivido toda su vida en estos barrios y sienten que su mundo cambia sin que se les consulte. Para ellas y ellos, la gentrificación no se trata de encarecimiento: es una forma de desplazamiento simbólico, una forma de decir “esto ya no es tuyo”. Y eso duele, porque el territorio no únicamente es físico, también es emocional. El barrio es también una extensión del yo.
Hablar de gentrificación desde el psicoanálisis es abrir una conversación incómoda pero necesaria: ¿desde dónde deseamos vivir?, ¿a costa de quién?, ¿qué heridas sociales se reactivan cuando se transforma un espacio? Y sobre todo, ¿cómo podemos hacer conciencia de nuestro lugar en estos procesos sin caer en culpas paralizantes ni en indiferencias defensivas?
Vale la pena pensarlo y hablarlo, porque la ciudad que construimos afuera también refleja las tensiones que vivimos por dentro.
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